Carta de un Dearg Diliat
Imagen de: http://www.deviantart.com/art/Thinking-Demon-114742257
La mayor parte de mi vida estuvo regida por una maldición, ahora que estoy a punto de morir describiré por qué en esta mi última carta. Es curioso, ahora no sé si el morir es en realidad algo malo; lo miro un poco como la llave que me liberará de las cadenas del dolor, agonía que un simple mortal como tú nunca podrá sentir a menos que esta maldición te encuentre, lo cual dudo mucho. Debo confesarte, yo no elegí ser quien fui. Alguien lo decidió por mí, él, ahora llamado mi otro yo. No nací con él ni mucho menos, él me encontró a mí cuando yo sólo era un niño. Un humano inocente, totalmente desconocedor de aquél mundo muy suyo. No, no es una excusa para justificar todas mis fechorías, de las cuales quizá no estés al tanto. Es la amarga realidad del porqué fui quien fui. Y, ahora que mi esencia desaparecerá, te contaré mi verdadera historia y no la falsedad bajo la que me conociste.
Comenzó de una manera bizarra y carente de todo sentido común. Mi padre llegó tarde a casa ese día, presumiendo su nueva adquisición: el espejo más feo que jamás he visto en mi larga vida. Era uno de ornamentos burdos y feos de color oro desgastado que contenían un espejo ovalado que reflejaba limpiamente todo a su paso. El artículo medía más que yo, y desde que lo vi no me gustó. Mi padre nos presumió a mi madre y a mí que el vendedor perdió un arduo regateo, lo que resultó en una ganga imposible de rechazar. A mi padre le gustaban esas baratijas, antiguas y raras que, a mi parecer, desentonaban en cualquier lugar que no fuera un museo por su acabado aspecto. Mi hogar estaba lleno de esos objetos: estatuas de dioses, espejos diversos, cuadros antiquísimos, armas carcamales; un mundo de vejestorios históricos.
Colgó el nuevo espejo en el centro de una pared de la sala, la del fondo. Me molestó un poco porque la mayoría de mis actividades dentro de la casa las hacía allí, ahora tenía que estar vigilado por ese ojo macabro que copiaba cuanto yo hacía. Nunca logré acostumbrarme a él. Siempre era la misma sensación al estar en la sala, como si alguien me estuviera observando. Paulatinamente dejé de asistir a mi sitio favorito, lo remplazó mi habitación, la cual no me gustaba tanto porque estaba más encerrada y no penetraba tanta luz natural.
La maldición como tal comenzó tiempo más tarde dentro de un mundo distinto al nuestro, los sueños. Fue dentro de mis sueños cuando inicié a convivir con él, claro, al principio no tenía ni la más remota idea de qué significaban o por qué soñaba lo mismo una y otra vez. Para dejar en claro la paranoia mental en al cual me sumergía gradualmente, te contaré mi sueño, mejor dicho, mi pesadilla: me encontraba yo en total oscuridad, con un frío horrible que calaba en mis secos huesos, con un hambre que hubiera matado a cualquier humano. Yo no manejaba mi cuerpo largo y liviano, lo hacía él porque le pertenecía. Él buscaba con su turbia mirada, de vez en cuando, el manto nocturno que se extendía fuera de su impenetrable celda. Vigilaba el mundo exterior y añoraba la libertad. Yo sufría esos sentimientos, sabes, yo miraba fuera de la celda y admiraba, a lo lejos y esparcida bajo la empinada montaña, la ciudad llena de luz y vida. Ambicionaba estar allí y no dentro de esa cueva sin escape. Sí, era una cueva abarrotada en lo alto de algún monte atestado de prominentes árboles incrustados en sus inclinadas laderas. Me soñaba, día a día, encerrado en esa oscuridad helada. Desesperado, añorando la inalcanzable libertad. Cuando despertaba y me daba cuenta que era libre, que el frío no causaba dolor y que mi hambre era poca, una sensación más allá de un simple alivio recorría mi cuerpo.
Los sueños se hicieron cada vez más desesperantes hasta tal punto que, un año más tarde a lo mucho, dormir no era un sinónimo de descanso. Me estaba acarreando problemas aquello, mis calificaciones en la escuela eran un bodrio, bajé considerablemente de peso, unas nada simpáticas ojeras se habían formado bajo mis pequeños ojos rojos. Mis padres, alarmados, me llevaron con un doctor especializado, mismo que dictaminó la obvia falta de sueño. Trataron de sacarme información de por qué no dormía bien, sin embargo fui una tumba hasta tiempo más tarde cuando se los confesé a mis padres simplemente porque necesitaba ayuda, alguien que me escuchara; les dije todo sobre la cueva, el hambre infrahumana que sufría, el frío que me hería con un dolor no muy distinto al fuego. Preocupados por mi salud mental me llevaron, ahora, con un psicólogo que, después de melar sus palabras y darle rodeos a las mismas, no llegó a una conclusión satisfactoria, sino más bien al cuento de un niño que se estaba volviendo loco por la falta de sueño. Gracias al cielo mis padres no optaron por fuertes medicamentos que me orillaran al sueño profundo.
Un día, cuando, adormilado y cansado, trataba de leer un libro mientras reposaba sobre el cómodo sofá de la sala, miré el espejo de mi padre. Lo miré, una superficie fría, letal, donde mi reflejo era la burla de lo que fui antes de que ese objeto apareciera en mi casa. Infantilmente lo culpe. En ese instante me acerqué a él sin apartar la mirada. Lo enfrentaba cara a cara. Buscaba una respuesta. Mi padre me interrumpió, al verlo adiviné una extraña preocupación. Me cargó y me llevó a mi cama, donde logré dormir sin soñar con ese frío mundo, como sucedía en benditas y casuales tardes.
Antes de despertar, la charla de mis padres se coló hasta mi habitación. Hablaban sobre que mi padre me encontró ido frente al espejo, como desmayado pero sobre mis pies. En su tono iba embebida la alarma. Se habían dado cuenta de algo, algo grave. Yo no deseé saber nada, la fatiga me condujo a cerrar los ojos nuevamente, para, esta vez, ingresar a mi fría cueva.
A mitad de la noche sentí una fuerte sacudida, como si yo fuera un muñequito de trapo siendo utilizado por una niña descuidada. Abrí los ojos para ver, con la poca luz que se colaba de los cuartos contiguos, a mi madre, plantada a mi lado. Me sujetaba y me observaba asustadísima. Yo no estaba acostado en mi cama como debería, estaba enfrente del espejo.
Ese momento está, después de todo este tiempo, grabado en mi memoria a fuego y hierro porque lo vi. Fue La primera vez que se presentó ante mí. Volteé lentamente hacia el espejo cuando me pareció ver una sombra que se movía de manera irregular; alguien me observaba, el oscuro reflejo no pertenecía a mi madre o a mí, sólo era uno, delgado, una sombra con ojos rojos. Me dio tanto miedo que abracé a mi madre y no volteé más al espejo. Ella seguía preguntándome qué hacía despierto en mitad de la madrugada. No le conté nada, le dije que me había levantado a tomar agua y me quedé viendo el espejo, aunque no la convencí al ciento por ciento.
A partir de ese entonces la mayoría de los días despertaba yo sobre el sofá de la sala, frente al espejo. Otras tantas madrugadas mis padres me encontraban sonámbulo, viendo la superficie con los ojos idos. La preocupación aumentó a tal grado que creer en asuntos paranormales fue lo más sensato. Como yo, ellos le echaron la culpa a ese objeto así que mi padre se deshizo de él sin prestar mayor objeción. Llamaron a un sacerdote para que bendijera la casa, ya que ellos siempre fueron religiosos muy devotos y le tenían fe como remedio para males de índole paranormal.
Aquello sirvió moderadamente, en un principio. A lo largo de mi adolescencia era extraño que me soñara en la celda de aquella colina, muriendo de frío y hambre. Si lo hacía era por el mero recuerdo de mi subconsciente porque no sufría de igual manera. Recuperé peso, me iba bien en la escuela, salía más con mis amigos. El recuerdo se difuminaba mientras el tiempo transcurría y la historia del espejo maldito era cosa de nuestra familia.
Fue cuando cometí un error. En ese momento en lo último que pensé era que aquello me acarrearía problemas.
Mientras me rasuraba por primera vez en mi vida el pelillo hirsuto que me comenzaba a salir bajo la barbilla, me corté y unas cuantas gotitas se precipitaron al en el espejo del baño. No fue la gran cosa, me limpié con agua y un trozo de papel higiénico. Alcé la mirada de nuevo a la superficie para seguir con el resto del pelo, y lo vi. Un monstruo con un famélico cuerpo grisáceo expuesto, de ojos alargados y rojos, me miró por un segundo que duró una era. Mi corazón se aceleró como si hubiera hecho deporte todo el día. Dejé caer la navaja, me temblaba todo. Al parpadear, la pesadilla acabó. Por el momento.
La tarde fue muy difícil, lo tenía en mi mente, no podía dejar de pensar en la cueva, el frío y el hambre. Por la anoche tenía una cita con una amiga, la chica que me atraía, y sinceramente todo salió mal, ni siquiera me podía concentrar en lo que hacía sobre la marcha.
Esa noche soñé de nuevo con la cueva. No sólo eso, todo fue más intenso. No, no podía ser un sueño. Era como si me hubiera transformado en ese ser, aunque aún no controlaba mi delgado y huesudo cuerpo. Sentía que el hambre me iba a inducir un colapso sobre el suelo de roca. Era horrible. Por suerte sí era un sueño, del cual desperté cuando unos cálidos rayos de sol se metieron a través de las ventanas, salvándome el pellejo.
Abrí los párpados para observar mi reflejo sobre una superficie pulida. No, no era aquél feo espejo de mi padre, era uno normal, el de mi habitación. Me separé de él, dubitativo. Esa misma tarde me deshice del espejo sin comentarles por qué a mis padres, quienes tuvieron una ligera sospecha. Fue inútil mi esfuerzo, la pesadilla de esa noche fue igual de nítida que la anterior. Al despertar, estaba frente al espejo del baño.
Las cosas empeoraban, yo lo sabía. Las siguientes noches cerré mi habitación con llave y candado. Aun así despertaba frente de las superficies reflectantes más ridículas: mi teléfono celular, un trozo de aluminio, las ventanas. Alguien me llamaba, y sospechaba quién era ese alguien; aquél ser horrible de mi sueño, en el que yo me convertía. Me hacía sufrir noche tras noche quizá porque quería ser comprendido, tal vez porque entregaba un mensaje o simplemente le gustaba hacerme sufrir. Para ese entonces yo me estaba volviendo loco, sabes, todas las noches, si lograba pegar pestaña, sufría. A mis padres nada les dije, pensando que lo podía controlar.
Un momento significativo en mi vida, un cambio podría decirse, sucedió un día mientras yo estaba de campamento con mis primos. Nunca relacioné lo que sucedió esa vez con mis sueños, eso hasta mucho más tarde. Pero me desvío del hilo de la narración. El campamento estuvo divertido y todo, fue un respiro para mí; hablamos de chicas, tomamos cerveza, comimos salchichas y contamos historias de terror. Al día siguiente, cuando regresé a mi hogar después de una noche genial, mi mundo se derrumbó.
Los medios de comunicación permanecían fuera de mi casa, como cuervos acechando una presa, junto a un puñado de vecinos metiches. La combinación del cuerpo local de bomberos con el de policías no presagiaba nada bueno. Mi primo Moisés acercó la camioneta a mi hogar y, desde cierto ángulo, comencé a distinguir el paso firme de la muerte sobre mi hogar. El fuego había consumido toda la estructura de mi casa, reduciéndola a grandes trozos de madera humeante. No recuerdo qué tan rápido y espantado bajé de la camioneta de mis primos, en segundos estaba preguntando con rauda voz a los oficiales sobre lo sucedido. Cuando me identificaron, después de que no les respondía sus preguntas debido a la más amarga combinación de terror y desesperación que sentía, me trataron de calmar. Me di cuenta que dos de mis tíos estaban ahí. En sus rostros no encontré consuelo, es más, con el simple hecho de mirar la melancolía en ellos adiviné lo que les deparó a mis padres.
Ni siquiera vale la pena seguir contando el resto de ese amargo día. El día en que lo único que me quedaba de felicidad se fue tras un incendio que, según el reporte final, fue de causas desconocidas. Llamo a esto un cambio porque efectivamente mi vida dio un giro de ciento ochenta grados. Si bien recibí el apoyo inmediato de mis tíos y primos, gente respetable y cálida, no sentía ese verdadero amor como el de mis padres. Perdí ese sostén que me animaba a dar un nuevo paso. Y me gustaría que eso fuera lo peor de mi vida a partir del incendio, por desgracia no lo era.
Los sueños se convirtieron en algo más fuerte, con sustancia. Me es difícil explicar las sensaciones que sufría al cerrar mis párpados y meterme bajo la piel de ese monstruoso personaje encerrado en la cueva helada. Ahora no miraba todo como un sueño, sino que en realidad me transportaba, se podría decir, hasta aquél remoto lugar. El dolor que era generado por el frío, el hambre y la desesperación era opacado por una nueva sensación. Los recuerdos, tal como en mi caso, martirizaban al ser de mis pesadillas noche tras noche, por consiguiente me sucedía lo mismo. Me gustaba hacerme la idea de que aquellos recuerdos sólo eran, al igual que esa cueva y ese ser, productos de mis sueños.
Dormir seguía convirtiéndose en una actividad que yo evitaba en lo posible. Cuando dormía en las tardes, sin embargo, nunca soñaba con aquél ser, ni con la cueva, de hecho no soñaba; eran momentos adecuados para recuperar algo de mis energías.
Mi vida, ya te habrás dado cuenta, era una porquería. Eso es lo que yo pensaba y actuaba siguiendo esa idea. Nunca dejé de agradecer a las personas que me brindaban apoyo, comida y un techo, así como momentos que me hacían recordar que podía reír. Pero era como si mi alma no aprovechara esos nutrientes vitales, ni el cariño, ni el amor. Estaba realmente muerto en vida. Mis sonrisas se me antojaban cuales muecas que no reflejaban sentimiento alguno.
Me gustaría decir que acostumbrarse a algo como aquello era fácil, sin embargo me costaba mucho trabajo seguir. Si con estas palabras piensas que por mi cabeza pasó la idea de suicidarme, has caído en un error comprensible. Odiaba lo que la muerte representaba, ella se había llevado a mis padres, a mi hogar. Yo no buscaba desaparecer de este mundo, no, creo que para ese entonces mi existencia importaba tanto como la de un bicho. Estar presente o desaparecer daba lo mismo.
Hablar de mi escuela, relaciones sociales, personales, todo, es simple redundancia. Rememora el arquetipo de vida basura que has visto en algún filme. Algo así me sucedía. En esas películas me gusta ver cómo la gente desahuciada se reforma, usando la mayor parte del tiempo la analogía del fénix que renace de las cenizas; ellos encuentran trabajo, al amor de su vida o lo que fuera que les proporcionaba la justa felicidad para seguir andando con la cabeza erguida. Yo no iba a renacer, lo tenía bien presente. Por mi mente de joven adulto jamás se cruzaron ideas mundanas como encontrar pareja, sembrar un árbol, escribir un libro y tener un hijo. Eso era cosa de los vivos. Yo estaba muerto.
¡Pero que pobre desgraciado! Te preguntarás, ¿entonces por qué no se mató y ya? De haber sabido lo que me deparaba mi maldito destino lo hubiera hecho sin pensarlo. No, hubo un momento de lucidez cuando me dije que podía superar esto, dejar de arrastrar las cadenas de la miseria, emerger del fondo con la cabeza en alto. Todo eso lo discerní tras una pequeña idea que se fue convirtiendo en tumor dentro de mi mente desgastada. La idea era simple aunque de un ámbito fantástico que no seguía algún convencionalismo y carecía de toda sensatez. Desde niño, desde la primera vez que soñé con la cueva, vi ese poblado, ese bosque sobre esa cima. Así que pensé, ¿ese lugar será real? No le di muchas vueltas a la pregunta como tal, simplemente todo lo que soñé y todo el tiempo que estuve allí presente, efectivamente, me decían que ese lugar existía y yo debería descubrir en qué parte del Planeta Tierra estaba.
No era una búsqueda espiritual, nada buscaba, ni respuestas. Mucho menos me agradaba la idea de toparme con la cueva y con lo que sea que contuviera. Así que, ¿por qué hacerlo? Simple, no tenía muchas otras cosas en que ocupar mi tiempo. Eso pensaba al inicio, luego me di cuenta que esa búsqueda, no muy distinta a la caza de un pirata por su tesoro, se convirtió en una obsesión que agotaba lo último de mis energías y recursos.
Siempre que despertaba, después de haber estado dentro de ese lugar y haber visto el pueblo de abajo, dibujaba todo cuanto recordaba, o lo escribía. Esos trazos los mandaba a examinar con expertos que encontraba en internet, sin obtener grandes resultados.
En todo me daba por vencido, pero había dado con la excepción. Encontrar ese lugar no sólo era ya un pasatiempo o algo qué hacer, era mi vida.
Los años pasaron relativamente rápido, como siempre pasa rápido el tiempo cuando hay algo qué hacer y se anhelan resultados. No me desesperaba ni me arrancaba los cabellos al no encontrar lo que buscaba, pero sí me molestaba y ganaba más coraje y me motivaba seguir con mi empresa. Todo eso me llevó a una conclusión, al inicio vago, pero sí lo más sólido en meses.
Me contactó un antiguo compañero de la primaria a través de una red social en la cual yo había publicado un esquema tridimensional que representaba la vista desde la cueva, aunque de día, hecho por un habido diseñador gráfico de la ciudad. Mi amigo me comentó haber estado en un pueblo bastante similar al de la imagen, un lindo lugar para vacacionar, lleno de escarpados montes verdaderamente empinados, repletos de árboles largos. Cuando comencé a chatear con él no me molesté en contarle ni un poco sobre por qué buscaba el sitio, nada le dije de la cueva, ni del monstruo, sólo que un sueño era el detonante de esta nueva locura. Entre bromas, me llamó loco y yo le seguí la corriente. Fue una charla amena que tomó un rumbo que me consumió y me aceleró el corazón.
Le pedí que me contara más sobre ese pueblito rústico de Irlanda, en ese momento mi fe en encontrar el sitio de mis pesadillas seguía siendo casi nula, pero lo que me dijo hizo que derramara el café sobre mi hirsuta barba. El pueblo era conocido por sus leyendas, como muchos otros de aquellas zonas, aunque éste en especial contaba con una historia emblemática. Se decía que años atrás un Dearg Diliat, un extraño monstruo el cual mi amigo no describió concretamente, arrasaba el pueblo dejando a su paso dolor y miseria, hasta que un héroe de la época lo encerró en una cueva en lo alto del monte. Contada era la gente que se atrevía internarse en ese monte, inclusive se decía que algunos intrépidos buscaban esa cueva con malos resultados: se perdían y jamás volvían a verlos. Mi amigo no me lo afirmó todo, como dije, sólo fue una charla entre camaradas, una pequeña pauta en toda la conversación. Él no sabía que había dado al clavo. Le gustaba viajar por todo el mundo a sus tempranos veintidós años, me platicaba de todas sus excursiones, pero mi atención estaba centrada en cómo ir hasta Irlanda.
Bien, en este punto mi dinero se había terminado, todo se fue en la búsqueda del lugar; jamás me imaginé que me costaría una buena cantidad de plata ir hasta allá.
El trabajo que tenía aquél en entonces era básico, además de mis becas universitarias, las cuales había logrado mantener con esfuerzo. De la nada me llegó una idea para conseguir el dinero: un préstamo me quedaría como anillo al dedo. Conocía al hombre para ello, un viejo embaucador de la ciudad. Por chat mi amigo me ayudó a conseguir el vuelo más económico y la vía más barata y rápida para llegar a ese pueblo. Mi viaje sería al mes siguiente, mientras tanto me enfocaría en buscar el dinero.
En lugar de la pesadilla recurrente, esa noche no me dejaron dormir los pensamientos volantines sobre mi travesía. Nunca había viajado tan lejos, sabes. Nunca me había embargado en una búsqueda sin estar seguro de qué encontraría.
Ahora, si no me equivocaba, el sujeto de mi pesadilla tenía un nombre. Dearg Diliat. Me abstuve de ingresar el nombre en algún buscador de la red. Quería que todo fuera una sorpresa, fuera a saber si grata o no. Me había convertido en un niño. Me sentía infantil, pero me lo merecía: después de años de inútil búsqueda había encontrado un resultado. Era como el hombre que invierte e invierte sin alcanzar resultados iniciales, hasta que después obtiene su recompensa y se convierte, como yo, en un niño emocionado.
El día llegó. El viaje fue un respiro desde el momento que abandoné la ciudad que me vio crecer, me vio ser feliz y me vio caer en mi abismo. Incluso cuando el avión despegó sentí cómo salía del fondo de ese abismo. Ni siquiera sabía por qué estaba tan contento, como nunca en años.
El cambio de paisajes, los olores naturales, todo me enamoró de las ciudades Irlandesas. No me detuve mucho a admirarlas a fondo y sacarles el provecho que cualquier joven de mi edad les hubiera exprimido. Yo tenía sólo un objetivo en aquellas tierras. Decidido, con la cabeza en alto, comencé mi partida.
Más de medio día de viaje en tren, taxi e incluso carruaje, me llevó al pueblo descrito por mi amigo y, si la suerte estaba de mi lado, mis sueños. Era, tal como me lo imaginaba, un pueblo enorme pero colonial, con el viejo estilo irlandés que se admira en los filmes, con ese aire exuberante, esa gente trabajadora y acogedora. Obvio, antes de caer en la cuenta de todos los aspectos del pueblo como un conjunto fascinante, mis ojos vieron la cordillera de montes y, en primera instancia, el más grande de todos con paredes de verdad muy empinadas cubiertas por varios árboles altos. La duda seguía en mí, aunque el parecido del lugar con el de mis sueños era asombroso, eso no lo podía negar.
Disfruté el pueblo por el resto de la tarde junto a los amables lugareños. Tomé en la más famosa cantina del lugar, atendida por una alegre pareja rolliza de casados, una cerveza como ninguna otra. Comí unas delicias que seguro taparon mis arterias en ese instante. También conté cuál era mi objetivo a los presentes. Me presenté como un curioso amante de leyendas que viajaba en solitario con la simple misión de desvelar mitos y cosas por el estilo para luego escribir todo en mi primer libro de aventuras. Conseguí que me contaran sobre el Dearg Diliat, mismas que con un poco de alcohol se convertían en verdaderas sagas de terror y fantasía. Un antiguo espíritu del mal que vagaba por aquellas tierras. Un vampiro asesino encerrado en una celda helada por el resto de la eternidad. Un antiguo demonio que se metió con el pueblo equivocado. Luego de haber escuchado todo, pregunté sobre un guía pero me iba a costar encontrar a uno intrépido. De todos los disponibles, me recomendaron a un verdadero escéptico que aseguraba haber viajado a lo más alto de cada colina sin encontrar rastros de alguna celda o de un monstruo.
Con él me encontraría al día siguiente, por lo pronto la cerveza comenzaba a hacer su trabajo. Era hora de dormir y un buen hombre me invitó a su hogar, donde le sobraban unas cuantas habitaciones. En estado de ebriedad cualquier manojo de paja serviría para descansar.
El sueño de esa noche fue el peor de todos y el único distinto a las recurrentes pesadillas que me atormentaban desde mi infancia.
Sentí cómo alguien me reclamaba, él me llamaba con gritos de dolor. Como si fuéramos imanes, amantes que tienen años sin tocarse. Como si yo fuera la comida más apetitosa y el hambriento me pudiera oler. Mis sueños eran una dolorosa amalgama sin sentido de destellos y explosiones multicolores. Como si la borrachera hubiera aumentado su efecto por mil, como si hubieran insertado lacerantes juegos artificiales en mi mente.
Sin soportar más, abrí los párpados. Sentí el frío abrazar hasta la última porción de mi cuerpo. Pero no, no estaba bajo la piel del prisionero lívido y raquítico, aunque sí estaba frente de los mismos barrotes. Al darme cuenta de qué sucedía, ayudado por un poco de luz de luna, se me aceleró el corazón y casi caigo de espaldas por la impresión. Eso me hubiera costado la vida ya que tras de mí lo único que había era una ladera empinada y varios árboles sin orden. Enfrente estaba una cueva no muy alta, a lo sumo dos metros y medio, abarrotada para impedir la huida del prisionero, ahora oculto en las sombras de la noche.
No supe qué hacer. Aquello no era un sueño sino la más pura realidad, no tenía duda alguna sobre ello. Había llegado caminando hasta ahí, me dolían los pies de sobremanera. Pero los dolores físicos eran lo de menos. Claro, cuando comencé esta búsqueda creía que me emocionaría estar en donde estaba. No era así, sabes, me moría de miedo. Sabía que tras esos barrotes plateados había un ser no humano, el parásito que rondaba mis pesadillas. Alguien que a través de distintos medios me controlaba. Entonces capté cuál era su deseo, aunque íntimamente ya lo sabía perfectamente: la libertad. De alguna manera pensaba que yo se lo daría. En mi mente sólo tenía una idea, la de sacarlo de su celda para que él abandonara mis sueños y de esa manera lograría ser un hombre normal, sin horrendas pesadillas.
Di un paso maquinalmente. Analicé la impenetrable negrura de la celda hasta encontrarme con sus rojos ojos de rubí. Él me observaba meticulosamente, analizaba si era el indicado. Me permitió entrar a su mente varias veces, por eso podía conjeturar qué pensaba en ese momento sin temor a equivocarme. Ni siquiera me di cuenta cuando el pánico que me embargaba me abandonó, dejando lugar a la curiosidad.
Estaba a pocos metros de él, al fin, después de años y años. Mi pesadilla, mi cuerpo, mi temor, mi gemelo malvado. Un sentimiento agridulce.
Me dejé de cosas para ir al grano. El ser envuelto en las mantas del anonimato anhelaba dos cosas: una era la libertad y, además, moría de hambre.
Busqué un objeto corto punzante, una roca afilada me pareció lo mejor. Me hice una cortada en la palma de la mano izquierda, tomé una larga hoja verde y deposité algunas gotas de sangre en ella. Le pasé mi regalo al monstruo. Él alargó una temblorosa mano huesuda de color gris y cogió el presente.
Gracias a que penetré en su mente varias veces supe qué comía. Escuchar sobre un “vampiro” entre las historias de los pueblerinos no me sorprendió. No, él no era uno de esos seres, en realidad un vampiro es, si no me equivoco, una sub especie del Dearg Diliat, lo recuerdos sobre esto no son totalmente claros en las antiguas mentes dentro de mí. Yo nunca en mi vida me encontré con un vampiro, pero por lo que sé, no se parecen en nada a los descritos en películas y libros. Me aburre desviarme del tema, así que continuaré.
Él, en sueños, también me contó cómo liberarlo, eso luego de que me narrara la manera en la que lo encerraron. Era relativamente sencillo, sólo necesitaba borrar los sellos que lo mantenían en su prisión. Sellos labrados en cada uno de los doce barrotes de plata por un antiguo mago celta.
Debo detener mi historia un segundo para abrir un paréntesis explicativo. Sí, antes de que me lo restriegues en la cara (aunque yo ya esté muerto cuando leas esto) sí, y simplemente sí, fui un estúpido. Liberar a una criatura no humana que fue encerrada para que dejara de desolar un pueblo. Me pregunto, ¿hay algo más idiota que eso? Lo dudo. ¿Cómo me excuso? Estaba borracho, no por la cerveza de la cual no quedaba rastro en mi cuerpo, sino por la emoción, el hambre de conocimientos, las ansias de liberarme de las pesadillas.
Tomé la misma roca afilada y uno por uno arruiné los dibujos de runas escritos en la superficie de la plata. El horrendo ser no tenía fuerzas, si se hubiera encontrado fuera de toda enfermedad sería alguien verdaderamente fuerte, capaz de tumbar los barrotes, aunque la plata lo afectara. Ese mismo metal, a lo largo de los años, sumado a los sellos y a su hambre, lo habían dejado sin fuerza alguna. Como un buen amigo, le ayudé. Retiré los barrotes que estaban lo bastante flojos como para lograrlo poniendo en ello todo mi empeño y utilizando una estaca de madera dura. Sólo quité un par, suficientes para que el monstruo cupiera. Luego me retiré unos pasos para dejarle el camino libre.
Al contrario de lo que pensé, el monstruo salió poco a poco, acostumbrándose a la poca luz de la luna, a la libertad. Su forma fisiológica era la de un humano delgadísimo, en los huesos; de piel enferma grisácea, con unos alargados ojos de color rojo, ausentes de verdadera pupila. Caminaba torpemente, olfateaba el ambiente y le decía adiós a la que fue su prisión por cientos de años.
A partir de este momento ocurrió otra división en mi vida. Yo, como he explicado anteriormente, nunca recaí en el peligro que significaba la libertad del Dearg Diliat. Aprendí por las malas. Se dice que la curiosidad mató al gato, a mí no me mató, la curiosidad me causó lo que soy ahora.
Aunque famélico y moribundo, el ser cogió una agilidad sobrehumana y se abalanzó sobre mí en un parpadeo. Me arrojó de espaldas al suelo húmedo lleno de hojarasca y piedrecillas. Lo tenía sobre mi estómago, sentía su piel, tan helada como hielo. Antes de que yo pudiera reaccionar, acercó su boca a la mía, como si me fuera a dar un beso. Eso no fue lo que sucedió; paulatinamente, justo en frente de mis ojos, el Dearg Diliat se desintegró completamente, como delicada madera en el dominante fuego, convirtiéndose en un vapor blanquecino que se introdujo por todas mis aberturas corporales. Ahora era su turno, él se metía en mi piel y no al contrario como sucedía noche tras noche.
Al despertar, yo era otro. Me coloco espaldas contra la pared al momento de describirme, sabes, no era humano, eso estaba seguro. No sentía dolor alguno, para comenzar. Mi cuerpo había ganado fuerza y era mucho más duro, ningún instrumento humano era capaz de causarme un corte. Yo, ahora, era el Dearg Diliat. Él se había convertido en mi maldición, mi parásito.
Irónico, ¿no? Creí que me desharía de él, todo lo contrario, él y yo éramos uno. Entre otras cosas, me transfirió todo su conocimiento y me di cuenta de que esa cabeza no sólo era un mundo, sino varios. Ahora mi mente era otro planeta en una enorme constelación de mentes pasadas. Al contrario de lo que pudieras creer, toda esa inteligencia no fue un escollo, la pude controlar y no se desbordaba sobre mi propia mente. Debo confesarte, en todo este tiempo nunca me adentré en los recuerdos de otros Dearg Diliat por temor a lo que me pudiera encontrar.
El ser me dejó otro regalito con su partida: la insoportable hambre de quien no come en siglos. Y eso no me aquejaba tanto como la cruel verdad; sabía qué tenía que comer para no morir.
Valiéndome de mi nueva velocidad acompañada de la más grácil agilidad, me dirigí al pueblo. Abajo fui meticuloso, me introduje sin ser detectado en algunas casas donde asesiné mis primeras víctimas. Las recuerdo a la perfección, sabes: una mujer adulta de cabellos rojos, una linda jovencita demasiado apetecible, y dos niños, porque debes saber que la sangre de niño es la más pura de todas. Con eso sacié mi apetito por el momento pues estaba consiente que el hambre del Dearg Diliat nunca termina y es la más voraz de todos los seres en el planeta.
Bien, me había convertido en el Dearg Diliat, ¿ahora qué seguía? Tenía a cuestas una verdadera maldición de la cual no me desharía tan fácilmente. No tenía idea de cómo transmitir el parasito a otro huésped, tal como habían hecho conmigo la noche anterior. Aunque, entre otras cosas, supe cómo el anterior Dearg Diliat se comunicó a través del espejo. Resulta que mi padre compró un espejo maldito, creado por el Dearg Diliat con una extraña “magia” que nunca aprendí, misma de la que nunca deseé aprender. Cuando me vio a través del espejo yo era un niño, por ello se aprovechó y me preparó para ser su nuevo receptáculo. Él, incluso, asesinó a mis padres con un fuego creado a través de los espejos de mi hogar. Supe muchas, muchas cosas acerca de éste ente, más no su origen, lo cual en verdad hubiera sido interesante.
Como dije, a partir de aquí mi vida es otra, soy otro. Entonces te preguntarás, ¿qué hace un Dearg Diliat? No son cosas divertidas, por ello mi historia a partir de este punto no es en realmente algo fascinante ni nada que quisiera contarte.
Viví bajo la maldición, esta sombra, por el resto de mi vida. Me convertí en el más grande asesino y viajé mucho por todo el mundo, como lo hicieron la mayoría de mis antepasados, por llamar de alguna manera a todos los que portaron esta maldición. Quedarse en un solo lugar hubiera significado un riesgo que no deseaba tomar. En mis travesías busqué sitios que esta nueva mente tenía registrados. Di con una caverna subterránea llena de tesoros valiosos. Compré, ya lo sabrás, una gran casa apartada en un pueblo Inglés. Tenía también el último modelo del mejor coche deportivo. Pero yo era el Dearg Diliat, no me emocionaba con esas cosas mundanas, simplemente todo lo que tenía era utilizado como herramienta para cazar a mis víctimas. La sangre de mujer, aunque no la más pura, sí es la más deliciosa; con mi dinero y mis cosas, sumándole mi agraciada apariencia, las atraía como miel a las moscas.
Así vivía yo. Esa es la vida del Dearg Diliat, sólo comer. Una maldición sin salida. Ni siquiera la muerte era una vía para dejar todo aquello atrás. Un Dearg Diliat no muere, ningún arma humana puede atravesar mi piel, el fuego sólo lo siento como un feo ardor, no respiro por eso no me puedo ahogar.
De lo que sí “moría” era de aburrimiento, para combatirlo me hice pasar por un humano cualquiera en la sociedad. Trabajé por el puro placer de hacerlo; fui director universitario un par de años, formé una empresa y luego la vendí. En otro país trabajé en un zoológico hasta que me hice dueño del mismo. Me gustaba ponerme metas simples y disponía todo el tiempo para realizarlas, mientras tanto seguía siendo el ágil cazador nocturno que moría de hambre.
Así que, ¿cómo es que hoy moriré? No debes rebuscar la respuesta, es simple, hay sólo una salida para dejar atrás la maldición del Dearg Diliat: transmitir la esencia a un nuevo inquilino. Para conseguirlo hay varias dificultades, sabes, aunque la mayoría ya las superé. Es en verdad una larga serie de pasos que fui descubriendo y analizando en todo este tiempo por yo solo ya que los otros dentro de mi cabeza no soltaban la sopa. Debía hacer lo que el anterior Dearg Diliat hizo, encontrar al sucesor correcto y prepararlo de una manera cruel. Él fue encarcelado siglos atrás, por eso vivió tanto hasta que su espejo me encontró. Yo decidí dejar de vivir a mis ciento cincuenta años, ni más ni menos. A estas alturas esta aburrida vida ya es un lastre. Como te he descrito, la maldición no me deja disfrutar al nivel de cualquier humano. El único placer que puedo sentir es el de comer.
Esta es mi historia. Es una respuesta a varias incógnitas que quizá te hayas hecho, como el por qué no logré amarte como tú lo hacías, el porqué de mis escapadas nocturnas que te llenaban de celos. A pesar de todo, y a pesar de haberte conocido en mi último tramo de vida, fuiste una persona muy importante, la única en la que pude confiar. Ya estaré muerto cuando leas esta carta, la carta de un Dearg Diliat. Bueno, muerto no, sino dentro de otra mente. Un nuevo Dearg Diliat andará suelto por allí y él tendrá su propia historia que, espero, sea más divertida que la mía. Adiós.
Código de registro: 1410302428386


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