El can
Se acurrucó sobre su eje, entrelazando sus piernas temblorosas y sus brazos, debajo de la enorme ventana, en el pequeño espacio de pared y suelo alfombrado. A no ser por una olvidada luz rojiza proveniente de un lejano poste de luz con una bombilla exigua que regalaba algo de visión en la penumbra a través de la cortina plástica de rieles, todo ahí sería oscuridad. Observaba como loco para allá y acá, escrutando lo inexpugnable sin suerte alguna.
La lobreguez se alimentaba, sin tregua, de todo lo demás, incluidas sus esperanzas, y lo último que le quedaba de osadía.
Lo sabía, debía ser real. No estaba drogado ni borracho. Le gustaba creer que su locura no había alcanzado aquél extremo, pero tantos años viviendo de esa manera deberían de repercutir en él de un momento a otro, quizá en ese instante lo hacían.
Sus ojos no podían apreciar mucho, sólo vio su vida pasar frente a él. Recordaba todo; cuando sus padres, ambos, fueron asesinados por un maldito hijo de perra. Cuando fue arrastrado en contra de su voluntad a la casa de su horrible tío, quien lo violaba, quien no lo trató como su hijo, ni como humano, como nadie. Creció solo, sobreviviendo en un lugar terrible, lleno de gente malvada, gente sin corazón. Eso mismo lo orilló a ser quien era ahora: uno de los más peligrosos criminales de la zona. Un asesino a sueldo. Perseguía el dinero; la ambición, el hambre de poder, junto con una inhumanidad innata, eran sus principales dotes, sus cualidades. Era el mejor de por allá.
Ahora creía que un ente, que un fantasma, lo perseguía. No sabía si era su final, no sabía si era real, no sabía absolutamente nada. Su punto de vista ante aquello, ante lo desconocido, era simple: pensaba que los fantasmas, monstruos, brujas, etcétera, fueron moldeándose desde mentiras de antaño, mismas que cayeron en manos de escritores pasados quienes la exageraron, para que al final, en estos tiempos, fueran transformadas por Hollywood de una manera infantil, vulgar y fantasiosa.
No podía ser verdad.
El calor se extinguía con la llegada del cruel aliento invernal. Estaba, por otro lado, bañado de sudor. El alcohol le ayudaba a mantenerse caliente, el encerrado lugar también. Su corazón iba a salírsele debido a la aceleración. Tenía muchas ganas de ir al baño, pero no lo haría, no podía. Se levantó, temblando, y orinó en la esquina de su cuarto, luego regresó, tambaleándose, a la ventana. Observó las afueras, no había nadie. La casa más cercana se encontraba a buena distancia. La ventana daba a un callejón tenebroso, pestilente, en donde más de un acto vil fueron cometidos.
Escuchó los veloces pasos de nueva cuenta, ir y venir.
Se tiró debajo de la ventana. Cogió su botella de ron y le pegó un buen trago.
Aguzó sus sentidos por enésima vez, para al final no ver nada.
―Maldito ―susurró, tomando valentía―, lárgate de mi casa.
Sintió unas manos alrededor de su cuello, como si vinieran de afuera. Sólo eran una sombra, un inexistente halito fantasmagórico, una sensación vaga. Se dio la vuelta para tratar de ver el cuerpo entero, pero no había nada, era su imaginación de nueva cuenta. Serró los ojos fuertemente.
Ese mismo día, en la mañana, había asesinado a un hombre diferente a cualquier hombre. En ese momento no lo sabía, hasta que cometió el cruel acto. Debido a las normas de su trabajo, no pidió demasiada información sobre el personaje en sí, no tenía permitido hacer preguntas, sólo actuar.
Una vez lo hizo, una vez acabó con él, pudo observar a una criatura en aquella casa desvencijada, era el perro del occiso, un pastor alemán; la creatura estaba azorada, había observado el asesinato de principio a fin. Por causas de la misión, un poco confusa, fue orillado a utilizar un cuchillo para sus fines; normalmente usaba una pistola o veneno. Eso había hecho que el asesinato fuera especialmente cruel. Los ojos del perro no fueron los únicos presentes, imágenes de santos, de raras deidades de alguna extraña religión desconocida, lo miraban desde las paredes. Algunas le eran inconformes, otras le llamaron la atención, así como algunos símbolos: demonios destripando a santos, la imagen de Jesús llorando sangre, el pentagrama, runas hechas con espinas.
―Chiflado hijo de puta ―le dijo al muerto bañado en sangre, mofándose de él hasta último momento―. ¿Y tú qué vez? ―le gruñó al pobre perro muerto de tristeza y miedo.
Al salir de la casa, metros más adelante de la puerta, pudo sentirlo, como si algo se trepara a su espalda. Se detuvo, lentamente; alerta, se dio la vuelta, sólo pudo apreciar los ojos del perro viéndolo fijamente; el animal tenía las cuatro patas manchadas de rojo, había dejado huellas de sangre por el camino, sangre perteneciente a su amo muerto.
Por todos lados el pardo del campo se alzaba, sólo había pocos hogares en toda la zona, reinaba la flora silvestre, los cultivos y, no muy lejos, los montes donde el viento del crepúsculo bailaba el follaje. Por lo tanto nadie se trepó a su espalda, nadie lo había tocado.
―¿Y tú qué? ―le espetó al can, restando importancia a la sensación.
El animal no se inmutó de ninguna manera, no dejó de verlo. En sus tristes ojos se apreciaba fácilmente la pregunta “¿por qué?” Sufría, y quería respuestas, las exigía.
El asesino se dio la vuelta, caminó hasta su coche y se subió. Tomó el rumbo de la ciudad, a pocos kilómetros de los campos. El sol lo abandonó al tomar la carretera principal. Las sombras de la luna se proyectaban sobre el monte a un lado del camino.
No fue una, sino varias veces en distintos puntos del camino donde pudo verlo. Trató de controlarse, se tomó una copa, luego otra. El animal no lo podía seguir, no a esa velocidad, no por esa carretera. Pero miraba esa cara perruna llena de rencor tras las placas sombrías de los árboles, a un lado de la carretera, igual por el otro lado. Trató de centrar su vista al frente, a la penumbra de la carretera.
Frenó de la sorpresa. No había ningún auto en la carretera para su buena, o mala suerte. El pastor alemán le miraba desde ahí, con esos mismos ojos. Había dejado (la luz del auto lo iluminaba bien) huellas rojas por la carretera.
―¡Maldito animal! ―le gritaba.
No tomó de ninguna manera la aparición del can como algo paranormal, era simple: el animalejo lo había seguido, eso era todo.
Con odio trató de apachurrarlo, de treparle su coche. No lo logró, al intentar hacerlo el can desapareció. Esto tampoco lo tomó como cosa contranatural, simplemente creyó que el animal se había alejado a tiempo. Otra teoría era que su mente le estaba jugando una mala noche, y sería la primera vez.
No lo volvió a ver en la carretera.
La ciudad no era muy grande, poca gente se miraba en esa zona, aquí y allá, terminando el día. Podía ver a sin fin de maleantes, muchos disfrazados tras rostros distintos, otros sinvergüenza presumían su estatus en la ciudad, en esa zona. Algunos lo saludaron de buena manera, otros despectivamente. Aparcó fuera de su pequeña casa, alejada de las demás. En ese sitio vivía por el momento, su trabajo en la ciudad pronto terminaría y viajaría a un mejor sitio, con más trabajo. Ese había sido su plan.
Lo pudo ver, esta vez como sombra, en el callejón a un lado de su hogar, entre una barda derrumbada que perteneció a una fábrica, la antigua construcción tapaba mucha de la luz proveniente de la calle.
―Perro hijo de puta ―le gruñó, volteando al oscuro sitio.
Abrió la puerta e ingresó, la terrible penumbra lo recibió, luego el hediondo aroma de su hogar al cual estaba acostumbrado.
Encendió, con el apagador de lado derecho, la bombilla blancuzca.
Lo vio, estaba ahí, enfrente de él, con los mismos ojos, sentado en sus cuartos traseros, acusándolo del crimen. Esto ya le infundió un poco más de miedo, ese animal no pudo entrar de ninguna manera a la pequeña choza, esa era la única puerta, y estaba muy bien cerrada; tampoco se suponía que un perro tuviera llaves o algunas otras formas convencionales de abrir puertas humanas.
Se tragó la saliva. Esa era la sala principal, su cuarto quedaba a un pasillo de distancia, en ese lugar guardaba sus “instrumentos de trabajo” debería ir hasta allá para tomar algo, un arma para terminar con ese animal de una vez por todas.
Valientemente, y sin prestarle atención, ignorándolo como si fuera un objeto más entre todas aquellas chucherías de metal y madera, pasó a un lado de él. Caminó lentamente, con seguridad, por el pasillo sin dar la vuelta, directo a su habitación, necesitaba el revolver para acabar con el molesto animal de una vez.
Al entrar buscó con la mano el interruptor por toda la pared, acariciando ésta de arriba a abajo sin algún resultado. Se adentró más en la oscuridad putrefacta, su tacto no daba con el interruptor.
―Maldita sea ―masculló.
Esta era la primera vez que le sucedía estando sobrio.
La puerta tras él se serró fuertemente, ayudando a la penumbra a cobijarlo de la mejor manera posible. Ahora no buscó el apagador, se dedicó a buscar la puerta, a ésta también se la tragó la nada, dejándolo adentro, sin una salida. La única posible forma de escapar sería la ventana; se acercó a ella, calculó cómo liberarse, no había alguna manera, necesitaba herramientas. Asomó sus ojos por entre las cortinas, dejó, con esto, entrar esa luz rojiza. También pudo ver al pastor alemán en el callejón, batalló para distinguir su forma, pero era él, ese animal molesto, con esos ojos llenos de furia.
Con oscuridad, buscó su revolver por todas partes sin suerte alguna. Lo único que encontró fue la botella de ron que lo acompañó.
Esta vez vio sólo la sombra del animal, bailando tétricamente por las paredes. Era raro, podía apreciar un oscuro aún más negro que el habitual, éste formaba una sombra canina. El animal se burlaba de él, y él comenzaba a temer lo peor. Se escuchaban, casi sigilosos, los pasos del animal.
Tomó rápidamente el último trago. Se limpió con la manga el resto de ron en la boca.
Vio, al despejarse un poco, unas huellas caninas rojas, era sangre, estaban en el suelo alfombrado, se dirigían a él. Se sobresaltó y buscó, aprisa, al can, de derecha a izquierda, sabía muy bien que estaba ahí, escondido en las sombras.
Lanzó la botella al abismo lejano, estalló en mil trozos.
―¡Déjame en paz! ―pedía como si le quedara rastros de autoridad sobre los hechos.
Creyó, como cada vez que rezongaba con el can escurridizo, que no escucharía una respuesta del animal, se equivocó.
Vio, primero, sus ojos, rojos como granate, saliendo de las tinieblas, sólo vio eso en un momento. Trató de moverse, el miedo, y algo más involucrado, no lo dejaron. No podía escapar.
―¿Por qué? ―interrogó, no la voz de perro, sino la voz que perteneció al dueño del can―. ¿Por qué has hecho esto?
El miedo lo envolvió totalmente. Pero no se dejó llevar por las circunstancias, ni se mostró débil.
―Me pagaron, yo obedecía, yo… ―enérgicamente trataba, sin mucho éxito, de excusarse.
La boca se le cerró.
―Sea como fuere, tú me asesinaste. Al hacerlo cometiste un error. Tomé el cuerpo de mi animal para poderme vengar personalmente. No tienes la mínima idea de quién fui en vida, no tienes ni mínima idea de quién puedo ser de muerte.
Estoy volviéndome loco, es todo, decía internamente el hombre mientras era acusado por aquél juez, quien fuera su víctima de igual manera.
El animal se acercó. Ahora, tras salir del manto oscuro, los asustados ojos del hombre vieron a un muerto. Era él, el extraño hombre calvo, lleno de tatuajes de símbolos, con el cuello lleno de sangre, ésta fluía asquerosamente hasta su torso, y goteaba el suelo. Sonrió, la sangre brotó por entre los podridos dientes.
―Cometiste una estupidez, imbécil ―le dijo, ahora con una voz muy distinta, una aguardentosa, orca, horripilante. La de un demonio―. En vida fui un fiel sirviente de las fuerzas de la noche, ellos me han dado una oportunidad. Tú me has dado pase directo al Infierno, pero no me iré solo, tú te vas a él conmigo… Pero ―ensanchó su sonrisa― no morirás, no ahora, antes de eso sentirás cada uno de aquellos dolores que creaste. Sentirás cada balazo, cada golpe, cada corte, cada navaja bailar limpiamente en un cuello, sobre la piel del más débil. Sentirás el dolor de cada persona que asesinaste. Una y otra vez hasta tu muerte. Te quedarás aquí, en este cuarto, por el resto de tu vida.
El hombre cerró los ojos muy fuertemente, no deseaba verlo. Cuando no lo escuchó más, abrió los ojos. El perro lo miraba, esta vez no estaba triste, mostraba unos feroces dientes, y, con un rápido movimiento, lo atacó, directo a la yugular, le atascó una mordida, luego otra, una en el pecho que sintió como un tiro hecho con revolver. Él gritaba, lloriqueando, el perro lo asesinaba una y otra vez, pero no moría. Afuera nadie lo escuchaba, y nadie lo escuchará jamás.
Nadie, de hecho, lo recuerda. Ningún vecino se preguntó qué pasó con él. Quedó en el olvido, encerrado hasta su fin en ese desolado, hediondo y oscuro sitio, donde el can lo ataca sin piedad, recordándole todos y cada uno de sus podridos actos macabros.
Él, por su parte, sufre cada arremetida, no se podía acostumbrar al dolor, ni un humano vivo puede soportarlo, hasta estos días no puede. Su última esperanza es esperar la muerte.
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