Las malas decisiones, aunque sean tomadas a una edad en que la racionalidad no ha madurado, pueden perseguir por mucho tiempo, quizás hasta la muerte. Esas circunstancias me orillaron a este punto.
Enfrente de la mesa metálica, donde descansaba un pequeño cadáver cubierto por una delicada sábana blanca, lloré, aplastando como lunático mis manos en contra de mis cansados ojos llenos de tibias lágrimas. Mi hijo, el pequeño Hugo de tan sólo doce años de edad, descansa en paz, se ha ido al cielo; el doctor me lo acaba de confirmar. 
La culpa no la tiene una enfermedad mortal; ningún accidente se involucró en ello, ni manos humanas siquiera. ¿Cómo murió? Fácilmente me podría culpar, no lo haré. Fue mi yerro, sí, pero varios factores más allá de mis posibilidades estuvieron involucrados desde el inicio. 
Inició cuando me di cuenta de algunas cosas. La primera, la más obvia, la que todos sabemos consiente o inconscientemente. Muchas veces, estando presente, no creemos en ello: no estamos solos en la Tierra. No es broma, hay más cosas detrás de las paredes dimensionales, muchas accesibles a nuestros ojos, pero somos nosotros mismos quien imponemos esas paredes para no ver nada y así sentirnos a salvo, lo cual es un error, no tenemos porqué tener esa falsa seguridad. La segunda: aprendí que, si un error se comete, debe ser reparado cuanto antes. Casi todo es remediable, a veces cuesta mucho trabajo conseguirlo, a pesar de ello debemos tomarnos esa responsabilidad, con esto efectos negativos no se presentarán en futuro. También conocí la muerte, propiamente dicho, y su mundo, el mundo más oscuro existente en el Todo. En fin, no sólo aprendí eso, aprendí varias cosas y, por desgracia, era tan sólo un niño de doce años cuando sucedió.
Mi familia fue muy unida. Vivíamos como muchas otras, a veces había sonrisas, pocas había discusiones, casi ninguna pelea. Respirábamos el aire de paz, la armonía y el amor. Vivíamos en un pueblo pequeño, las grandes ciudades se urbanizaban cada día más en aquellos años intranquilos, mis padres le temían al cambio. Yo nunca hubiera permutado el pueblo por la ciudad, siempre me sentí más seguro en lo austero hasta que sucedió.
Mi casa, una humilde, de madera, un tanto alejada al resto, era mi fuerte, la amaba, no me gustaba salir de ahí. Me separaba de ella sólo para tomar clases o un poco de aire puro. Mi escuela tampoco era grande, no albergaba a muchos alumnos; todos eran buenos amigos, humildes, reservados, inteligentes.
Un día mi amigo Fred, de mi edad, al cual conocía desde el ingreso a la primaría, llegó muy triste. Se le podía ver en cada aspecto, desde su mirada ―en los ojos, principalmente, se podían ver lágrimas descuidadas y una hinchazón; previamente había llorado mucho, se notaba― hasta su forma de actuar. Él siempre había sido activo, le encantaba brincar de aquí para allá, de forma hiperactiva. Ese día estaba en penumbra, apartado, no se movía ni un centímetro. Cuando los maestros le preguntaban, él sólo decía que estaba bien. Obviamente era una mentira. 
Al finalizar la clase, me acerqué a él. Fred seguía sentado, apoyaba su cabeza entre sus brazos enroscados sobre la mesa, miraba la nada. Al no haber alguien aparte de mí, dejó salir unas lágrimas en paz.
―¿Qué pasa? ―indagué, sintiéndome inoportuno.
―No es nada ―respondió, limpiando de sus ojos las lágrimas delatoras.
―¿Nada? ¿A qué te refieres con nada? ―le miré directamente, su dolor era palpable.
―Nada, mi querido Luis, es nada… ―explicó, tratando de ser coherente.
―Vamos pues, salgamos un momento, el recreo se terminará pronto, no alcanzaremos a jugar en el jardín. 
Le tendí una mano. Yo sabía que le pasaba algo, algo quizá grave. Él seguía reticente, no me dio su mano, sólo se volteó y miró al pizarrón.
―Luis, no saldré hoy. Allá afuera hay cosas, cosas malas, cosas feas… Aquí también las hay, pero allá son muchas más ―habló con el debido tono de suspenso.
―¿A qué te refieres, Fred? ―me comenzaba a dar miedo―. ¿A nuestros compañeros?, ¿a los maestros? Hemos estado aquí casi seis años y no nos han hecho absolutamente nada, ellos…
―Te equivocas ―detuvo mi conversación, y me miró fijamente con unos ojos rojos, terribles, que me dieron miedo―. Ellos no, son sólo simples personas, juguetes de los otros, de los otros seres que están a nuestro lado. No todos son malos, pero los malos son muy malos.
Era oficial: Fred comenzaba a hablar como todo un lunático. Sus palabras se chocaban unas con otras y no poseían coherencia. En definitiva algo había sucedido con mi mejor amigo de un día para otro. Él nunca me había dado miedo ni mínimamente. Ahora le temía, era otro, era un loco.
―Los buenos son amables, Luis. Uno se llama Amable, ¿te lo imaginas? Otro se llama Verdad y su hermano es Credibilidad, está el señor Trabajo, el tío Familia. Sus nombres son muy raros, pero ellos son muy buenos. Pero los malos tienen nombres malos ―puso una cara triste―: Tormenta, Veneno, Cuchillo… Muerte ―al decir el último nombre, tragó saliva audiblemente―. Muerte es el más malo de todos, y yo lo conocí. Él me ha hecho esto, Luis, me asesinó.
―¿De qué hablas? ¿Eso quiere decir que estás muerto? ―más que asustado, estaba preocupado. No sabía si creerle a mi mejor amigo, a mi casi hermano, o sólo juzgarlo. Pero no decía mentiras, eso lo sabía.
―No ―sonrió―. Sigo vivo, Luis, vivo pero muerto. Jamás estaré como antes, y el reloj comenzó la marcha. Muerte no es el culpable, no, no lo es. No hace esto a nadie sin que interfiera el debido motivo. Alguien que creí era bueno, no lo era. Todo fue un error.
En mi rostro se denotaba la angustia. Le seguí la corriente, un poco formando parte de su histeria:
―¿Y quiénes son ellos? Me refiero a los otros, los buenos y los malos.
―Lo más triste ―dijo pausadamente― es que han estado aquí, Luis, desde siempre. ¿Sabes qué quiero decir con siempre? ―negué―, antes de tu nacimiento, o el mío, o el de tu padre, o el de la Tierra. Ellos la crearon, unidos; son los espíritus de todo, las voces, la razón por la que estemos aquí. El más bueno de todos, es aquel que llamamos Dios.
Me infundió levemente más temor. Yo era muy joven, no conocía cuestiones religiosas, sólo las básicas inculcadas por mi formación católica. Mi madre era una fanática religiosa, si hubiera escuchado a Fred lo hubiera tachado de demonio, de ateo, de monstruo. Yo no lo hacía porque él era mi amigo, de su boca salían claras mentiras, no podían ser otra cosa. Fred jamás me había mentido, ni a sus padres, ni nuestros maestros. Eso eran mentiras, deberían de serlo.

Del otro lado de la puerta se acercaron las voces de unos hombres. Fred se levantó de golpe, me tomó de la mano y me arrastró con él hasta la ventana, saltó sin más. Fue muy rápido, sólo le pregunté por qué lo hacía, él hizo un ademán para que guardara silencio.
―Ven, rápido ―me dijo en voz baja desde el otro lado.
Yo salté justo cuando los hombres estaban a punto de entrar. Pude distinguir a la policía del pueblo entrando, hablaban con el director. Alcanzaron a verme, al hacerlo, nos gritaron, no recuerdo qué cosas. 
Corrimos, él iba de frente.
―¿Qué pasa? ―no me cansaba de repetirle eso a mi amigo.
―¡Corre! ―respondía, y yo, indebidamente, obedecía.
Todo iba mal. Fred huía, tras esa acción había una antigua consecuencia, algo había hecho. Siendo yo muy joven mi temor era innato ante la justicia personificada. Fred era un niño también, según yo los hombres de justicia no le podrían hacer nada, sólo usaban su brazo contra criminales adultos. 
Lo que pasaba en mi mente era simple: le temía a mi amigo, y de repente la policía local lo buscaba, él huía. Era fácil suponer.
Lo seguí sin decir nada, con el corazón en la mano, con la respiración sofocada, con lágrimas en mis ojos irritados de tanto correr en contra del viento.
Me arrastró lejos, no supe por qué lo seguí sin poner frente. Bueno, en realidad creo que lo hice porque lo quería proteger, era mi mejor amigo, estaba en problemas y necesitaba que le echaran una mano. 
Fuimos, sin parar un sólo segundo, hasta la vieja entrada del cementerio. Ese lugar me gustaba mucho. Rústico, grande, solo, a veces tenebroso. A un lado se alzaba un monte, y a metros de la entrada metálica de barrotes oxidados donde colgaba, elegante a su modo, el musgo, había un enorme árbol muy viejo, dañado por el imperdonable tiempo, lleno de telarañas y cientos de alimañas en su espesura. Debajo, entre las raíces gruesas que iban a todos lados, permanecía plácida una pequeña lápida desvencijada, sin nombre, sin dueño; era la única lápida fuera de la zona cercada del panteón. Muchos argüían que había sido la primera lápida del pueblo, que por eso el nombre se le había borrado. Fue ahí hasta donde me arrastró.
―Dime… ―me dijo jadeando.
―¿Qué? ―apenas y pude articular, tocándome el adolorido pecho.
Mi respiración me recordó la de un perro a punto de morir a causa de algún problema en los pulmones o el corazón.
―Ellos quieren conocerte ―me dijo, no le presté mucha atención―. ¿Los quieres conocer? ―escondida en la pregunta pude ver una malicia, un secreto tras esos ojos vivaces.
Seguía sin creer mucho. Era todo confuso. Quizá un juego, quizás una pesadilla, una mentira o alguna broma de mal gusto.
―Existen ―dijo y tragó saliva, luego calmó un poco sus jadeos para poderse expresar de la mejor manera― en nuestro universo muchos mundos ―sonrió―, puedes visitarlos, Luis. Ellos están ahí, detrás de esta realidad.
―¿De qué hablas, Fred? ―mi miedo tomó auge nuevamente.
―De los otros. Los Señores, los seres, la magia. ¿Quieres verla?
No supe qué responder. Él se sentó a un lado de la pequeña lápida, en uno de los tantos brazos del enorme árbol. Me miraba, esperando algo. Por mi mente sólo se pasaba la idea del cómo huir de la situación. Quería a Fred, pero eso iba demasiado lejos. Estaba asustado, como cualquier niño de doce años. Mi mente y mi corazón deseaban estallar.
―Sé que tienes miedo, sé que no me crees Luis, pero ya verás. Puedes darte cuenta. Puedes ver otras cosas, cosas nuevas, sólo debes hacer algo.
―¿Qué? ―no sé por qué pregunté sin antes consultarlo con la cordura.
―Pedir permiso, eso es todo.
Su sonrisa se ensanchaba por alguna razón.
―¿A quién? ―jadeé perdiendo mi voz.
―Al guardián de la puerta más cercana. ¿Nunca te has imaginado qué hay arriba de esas escaleras?
Señaló las faldas del monte. Allí descansaban escalones de piedra que subían el pequeño monte completamente, esquivando arbustos, matorrales, árboles y toda clase de flora. Yo nunca los había visto antes porque antes no estaban, eso era seguro.
Eso me llamó la atención. Mi corazón, exaltado, sufrió un mini infarto personal el cual no creó una conexión adecuada con mi visión y mi cerebro. No racionalicé nada en ese instante. Era un niño, ¿qué les gusta a los niños? La magia. La curiosidad es mayor en los menores, todos sabemos eso. 
―¡Pero… eso no estaba…!  ―tartamudeé con muerta voz.
―Ha estado desde siempre Luis, lo vez, es lo que te digo. ¿Me crees ahora?
Seguí reticente. No cedía ante las falsas palabras de mi antiguo amigo, convertido ahora en el vendedor de charlatanerías local. 
―Al final está la puerta, tras la puerta está el otro mundo. Debes confiar…
Para ese entonces había olvidado muchas cosas; principalmente el cambio en Fred de un día para otro. Mi curiosidad aumentaba a cada segundo. Yo, debo confesarlo, era muy curioso, y, por si fuera poco, la fantasía, lo oculto y el misterio siempre me llamaban y yo acudía sin oponer resistencia.
―¿Lo ves? ―mi amigo, sin mucha sorpresa en sus palabras, señaló a una diminuta creatura que revoloteaba sobre los largos brazos del árbol, donde el débil sol se colaba. 
No pude distinguir bien qué cosa era aquello. No era nada normal, eso era seguro.  Exagerando y cogiendo la fantasía como base en el entendimiento racional del momento, la describiré como un hada, una diminuta creatura color dorado, con alas de mariposa, cuerpo de mujer y presencia totalmente increíble. Voló, sin preámbulo alguno, hasta la cima del monte. Mi vista curiosa la persiguió. El hada entró a la pequeña jungla de por allá.
Mi corazón siguió latiendo estrepitosamente. No podía hacer mucho para curarme de todas las sorpresas que, como bofetadas súbitas, habían llegado en un solo momento. A causa de mi curiosidad a la orden del día, me debilité, y era normal: había visto a un ser proveniente de cuentos.
―¿Qué fue eso? ―mi voz tembló, en parte emoción, en parte temor.
―Como te dije, amigo, lo que ves en este mundo no es lo único que hay en el mundo ―explicó con una sonrisa centelleante.
Me controlaba. 
Su sonrisa, su voz de convencimiento, su porte. Me guiaba directamente a una trampa, y yo cedía cuán niño descubriendo algo nuevo y único, mágico e increíble. 
―El ser seguirá allá, ha entrado. ¿Deseas entrar? Es extraordinario, Luis, ya lo verás. Dime, ¿deseas conocer? Rápido, dilo.
Lo miré fijamente, cualquiera, al ver su ávida expresión, hubiera dado pasos hacia atrás. Yo, por otro lado, deseaba descubrir y ver a qué se refería. Si era mentira no perdía absolutamente nada, y si era verdad vería el mundo mágico y esas cosas. Había olvidado, en ese preciso instante, la palabra consecuencia. No miraba nada de malo en intentarlo. Entonces, cegado por una fuerte curiosidad innata en mí, asentí.
―¡Bien! ―sonrió. Esta vez su sonrisa significó otra cosa, pude verlo, festejaba en su interior―. Ven, pon la mano sobre la tumba…
―¿Qué…? ―me exalté un poco.
―No temas. El hombre que descansa debajo de este árbol es el guardián de esta puerta. Debes pedirle permiso, eso es todo. Ven, déjame ayudarte.
Se levantó, me acercó a la lápida y me tomó de la mano, acto seguido la colocó sobre la fría tumba de piedra. Sentí un líquido viscoso en la palma de mi mano, traté de alejarla, pero no pude, estaba adherida. Un dolor insoportable de pinchos y cortes me hizo retroceder, esta vez lo logré. Me vi la mano, estaba llena de sangre, ésta brotaba de unos agujerillos profundos, espantosos, alineados como mordedura por toda la palma hasta el brazo. Sobre la tumba estaba mi manita en color rojo. No duró mucho la sangre sobre la superficie de piedra, al instante se materializó, la pierda, o algo, la absorbió.
―Me duele ―dije, con algunas lágrimas en los ojos.
―No te preocupes, ya puedes subir…
En ese instante escuché los gritos de los hombres. Venían corriendo, eran aproximadamente seis. 
―¡Corre, ve! ―me dijo Fred, tratando de exhortarme.
Él corrió por otro lado sin decirme nada más.
Me quedé congelado. Nueva duda encarnó en mí. Vacilé por unos segundos; mi primera impresión había sido la de seguir a mi amigo por ese camino, y escapar de todo eso, olvidar los recientes hechos fuera de prejuicios. No lo hice, seguí alimentando mi curiosidad.
Corrí directo a las escaleras. La mano no dejaba de sangrarme, pronto me sentí débil. No me dolía mucho, pero me estaba afectando a un alto nivel. Si me quedaba era seguro que los policías me ayudarían, proporcionándome medicamento, llevándome directo a casa, donde estaría seguro y sanaría, donde olvidaría. No lo hice. Continúe, corrí, corrí con nueva energía. Los hombres me gritaban, podían ver cuánta sangre descendía sin piedad desde mis delicadas manos. 
Me dejaron de ver una vez me interné en lo profundo e inexistente. Ya no los oí. Subí, cansado cada vez más. Antes de llegar a la sima mi visión se tornó borrosa; comencé a sudar como un condenado al sol del desierto, en verdad estaba muriendo. No era poca la sangre que perdía con cada segundo.
Era el último escalón donde sentí cómo literalmente mi vida abandonaba mi cuerpo. Me tiré al suelo, creo que vomité, no sé, al fin de cuentas estaba todo cubierto de sangre, sudor y baba. Fue entonces cuando vi a una persona frente de mí. No lo distinguí por mi visión incapacitada, sólo recuerdo su ropaje blanco, como un fantasma. Llegué a pensar que era un ángel o un verdadero espíritu.
A partir de ese momento, cuando todo oscureció y dejé de sentir, la historia se tornó totalmente distinta. Me elevé, el hombre me cargó en sus fuertes brazos, posteriormente comenzó, con paso silencioso, a conducirme a la puerta; eso no lo vi, pero sé que sucedió. Entrar a ese mundo, a ese sitio, fue de lo mejor y lo peor que me ha sucedido, aunque suene totalmente contradictorio, así fue.
Viví un sueño, pero no estaba en el Mundo de los Sueños. Este era el Mundo de los Muertos, uno de los más oscuros en las dimensiones de la Tierra. Ingresar a ese campo me produjo tantos sentimientos, todos indescriptibles. Los sentimientos no fue lo primero ni lo único que cambió o se añadió a mi ser; mental y físicamente cambié. Me volví parte del Mundo de los Muertos, así como éste se volvió parte mía. 
No morí del todo.
Fue un corto tiempo. Vi muchas e indescriptibles cosas, seres inexistentes, conocí a varios Señores y anduve por las sombras sin conocer las consecuencias o el porqué. Nadie me dijo nada, todos fueron amables, algunos fueron maestros de poco tiempo, mostrándome paradigmas y enseñándome acerca del mundo, del mío, del suyo, de todos. Físicamente eran iguales a cualquier humano, algunos con colores de piel muy pálidos, con rostros fundidos en barbas de humo y plata, como grandes señores de antiguas civilizaciones. Cuando los vi al inicio me dio miedo, pero el hombre que me llevó hasta la oscura zona me trató muy bien dejando en mi mente una buena perspectiva de los moradores de las sombras. Era el Señor Sentimiento, de los más jóvenes del lugar a mi parecer. Él mismo me llevó a ver el Lago de los Muertos, el camino al Mundo Oscuro, o conocido comúnmente como Infierno, Abismo, etcétera. Era un lago gris que se extendía como mar hasta el infinito; éste contrastaba perfectamente con el panorama monocromático y apagado, aportando un toque vivo al yermo paraje. Yo era lo único con vida en el sitio, no me cabía duda.
Fue, como dije, un sueño. No explicaré ni diré todo lo que viví en esa visita a aquél mundo errado, no tiene mucha importancia. Los Señores me enseñaron cosas, cosas que he olvidado casi por completo, no pudieron, sin embargo, ayudarme en mis dudas presentes. En resumidas cuentas visité un lugar prohibido, real, pero un vivo jamás lo debe traspasar si no quiere sufrir las debidas consecuencias.
Esas consecuencias me persiguieron por mucho, hasta este día.
Desperté frente del cementerio del pueblo, debajo de las faldas del monte y a un lado del árbol gigante. Me dolía todo, estaba mareado y confundido. Era noche, el frío acuchillaba toda mi piel; la armónica nocturna se percibía bastante tétrica, con grillos como coristas principales, roses de juncos, búhos y un aullido lejano le seguían para formar un todo en esa música de muertos.
El suelo estaba más helado que un cadáver. Me levanté, tratándome de orientar. Vi el oscuro túnel que se formaba a mi frente, detrás la boca del lobo se comía las tumbas, una a una. No era un crío miedoso, pero estar solo frente a un lugar lleno de muertos y a esas horas, con ese clímax, no es algo que infunda tranquilidad alguna.  
A trompicones me alejé del lóbrego paraje, dejando, sin voltear atrás, lo sucedido de lado. No supe si había sido un sueño; en la palma de mi mano estaba el indicio de que no lo fue. La cicatriz aún la llevo como recuerdo del peor día de mi vida. 
Me detuve antes del camino principal. Un sonido incómodo llegó desde las tumbas, era una risa. Como la de alguien feliz. Me volví, examiné las inmediaciones, pero no vi nada, sólo seguí escuchando la lejana risa de satisfacción. Pudiera haber correspondido a un loco, a un drogadicto del pueblo, a un tipo teniendo sexo oculto, a un vagabundo inquilino de la zona; gracias a mi situación me imaginé lo peor, que algún ser se reía de mí desde las inexpugnables sombras de media noche.  
―¿Quién está ahí? ―pregunté.
Mi voz sólo la escuchamos yo y el viento.
Me tragué mi propia saliva. Comencé a temblar. Me dio una rara sensación, de repente pensé que si le daba la espalda al cementerio nuevamente, de la nada aparecería un monstruo o un fantasma y me haría un verdadero daño. 
―¿Señores? ―no sé por qué hice esa pregunta, obviamente ya no estaba en el Mundo de los Muertos, no había ningún Señor en mi mundo―. ¿Alguien?
Una corriente fría llegó desde aquel lugar y me golpeó con fuerza. Aumentó mi miedo, sentí que me ahogué. En parte todavía seguía muy herido. No sabía si iba a aguantar más, deseaba tirarme al suelo y que el tiempo pasara, le dejaba a Dios mi vida, yo no deseaba seguir luchando. En cualquier momento el hombre de esa sonrisa macabra me acabaría de asesinar.
Pero, justo cuando no supe qué hacer, la risa cesó. Fue un gran alivio, me liberó. Di algunos pasos hacia adelante. Ahora no escuché risas, no, estos eran pasos sigilosos por el otro lado del camino, entre los árboles y las hierbas altas.
Mi corazón se aceleró a su última capacidad.
Me defendí ante esa nada, frenando en seco. 
―¿Quién anda ahí? ―volví a preguntar, tragándome las palabras, mascullándolas.
Fue la primera vez que lo vi, no la última por desgracia. Al sentir al hombre tras de mí, me volteé automáticamente. Quedé frente a frente. Era alto, lívido como la cal, vestía un traje oscuro muy viejo, lleno de polvo, su pelo era sucio, blanco y largo, sus ojos eran negro abismo. Su sonrisa, misma que me mostraba, era creadora del más grande de todos los miedos. 
―Eres mío ―dijo.
Su voz, en todo sentido de ultratumba, engorrosa, fea, seca, me hizo temblar. 
Di dos pasos atrás. Mis palabras se habían esfumado, abandonándome a mi suerte. Me punzaba la cabeza, el corazón se iba a salir de mi pecho; tampoco mis músculos respondían muy bien. Estaba hecho una bola de miedo, no era por cobarde obviamente, frente de mí estaba lo que cualquiera hubiera clasificado como un ser paranormal, un fantasma si quieren. Imponente como un Señor, terrible como una pesadilla, risueño como un pilluelo acabando de cometer un acto ilícito pero satisfactorio para sí. 
―Has entrado a ese mundo, yo te he dejado pasar, ahora eres mío. Ahora yo he entrado a este mundo ―dijo satisfecho.
―Yo… ¿Yo? ―no supe cómo actuar, qué responder, qué hacer, todas mis dudas estaban opacas, todos mis actos trabados. 
Entonces se acercó como una ráfaga hasta mí. Serré los ojos, íbamos a chocar cuerpo contra cuerpo, eso claro si es que él tenía cuerpo, y no lo tenía. Sólo sentí el aliento de mil muertos atravesar mi cuerpo, una sensación horrible. Fue un abrazo caliente, asqueroso, marcándome así desde ese instante hasta estos momentos, y a futuro.
Me tambaleé, había sido un impacto similar al de una ráfaga de viento común, física. Al no poder más, me dejé caer de trasero, el suelo estaba un poco húmedo y muy frío. Eso no importaba, el miedo en mí había alcanzado un nivel superior a muchos niveles. Me desmayé, no podía más, colapsé sin saber nada más de la pútrida noche. 
Gracias a Dios desperté en la clínica local en una cama dura, pero cómoda. Un hombre de blanco, sí, creo que era blanco (mi visión seguía sin ser muy buena), me observaba anotando cosas en un pequeño cuaderno. Mi brazo derecho tenía algo, le salía como un hilo conectado a una bolsa que colgaba de un palo metálico. No pude más y caí en el mundo de los sueños por segunda vez. 
―Está muy débil como para recibir una noticia tan grande ―dijo la dulce voy de una mujer joven, la escuché bien, pero no la miraba, mis ojos no tenían fuerzas.
―No, claro que no ―dijo un hombre maduro.
―Entonces se lo diremos una vez esté bien ―dijo la voy de otro hombre maduro, más ahogada y áspera―. Pero se le hará muy raro que sus padres no le visiten.
―Pobre ―dijo la dama―, a su edad y vivir sin sus padres, no me lo puedo imaginar…
―Es una vida dura ―dijo el hombre rudo―. Crecí sin mi padre y eso me costó mucho, pero mi madre estaba ahí para mí y mis hermanos, además de mis tíos y primos. Él está solo, seguro tiene más familia en algún lugar, quizá él nos diga.
Reí en mi interior: era una broma, estaba soñando, nada era real. Desde el instante en que vi aquél mundo extraño y siniestro, lo supe. Era un sueño solamente. Esos mundos no existían, ni las hadas, ni las tumbas con dientes, tampoco los fantasmas altos y pálidos, mucho menos mis padres estaban muertos. O quizá se referían a otra persona, a otro niño en una cama contigua, sí, eso debería ser. 
Para cerciorarme, con todas mis fuerzas, abrí un ojo. Vi las tres formas a mi diestra, me miraban, plácidos, seguían hablando del incidente, al parecer fue la culpa de un incendio. Las llamas del mismo infierno me habían arrebatado lo que más amaba. No lo podía creer. Las lágrimas no esperaron, tampoco mi espíritu quebrantado. Me desmayé; ni el doctor, ni la enfermera, tampoco el policía, supieron lo que habían hecho.
Estaba solo en mi sueño, solo en una llanura de color plata, con un cielo azul pálido. Miraba a todos lados, sólo los árboles me miraban. 
―¡¿Papá?! ―grité desesperado a los cuatro vientos―. ¿Mamá? ―titubeé, no había nadie.
Escuché unos pasos detrás, me di la vuelta, emocionado.
―Se han ido ―contestó la oscura voz de mis pesadillas.
Era el hombre que vi fuera del cementerio. Alto, con un traje galante; ahora no estaba sucio, ni tampoco estaba blanco, se miraba muy vivo, como cualquier persona. Aristócrata, intelectual, de mirada muy oscura y profunda, con una sonrisa endiablada.
―¿Quién eres tú? ―le pregunté, aparentando osadía.
―Mi nombre no importa, se quedó atrás, en la historia. Lo que hice, en cambio, es quién me define. Pero no te preocupes ―sonrió―, no es algo de tu incumbencia. Lo único que debes saber, mocoso, es que estás solo; bueno, no ―sonrió―, yo estaré a tu lado por el momento, no te podrás deshacer de mí.
―¿De qué hablas? ―estaba confundido, ¿quién era ese loco?
―No lo repetiré ―dijo, y se esfumó junto al viento.
Desperté cuando no se miraba nada en el recinto. No había ni una luz en ningún lugar, las veladoras estaban apagadas, y no había cerillas para encenderlas. Me levanté con fuerza sin importar nada. De mi brazo ya no salía ninguna manguera, eso me alivió porque era una cadena menos. La cabeza me daba vueltas. Mi estómago gruñía como demonio de Tasmania y tenía la sed de un miserable en el desierto. Pude ver el resplandor de un vaso de agua, lo cogí y me tomé el contenido. 
Mi ropaje era inadecuado para salir, traté de buscar otro en ese mismo cuarto, no había nada. Me dejé el camisón y las pantuflas. Salí del cuarto a hurtadillas, tomé un pasillo y, como milagro, pude ver una ventana abierta justo a un lado. Me acerqué paso a paso, era perfecta y mi acceso a la libertad. Afuera hacía un frío de ultratumba, deseé, casi al instante, regresar al cálido lugar, pero algo en mí mismo me lo impidió. Me estaba volviendo loco, yo lo sabía. No necesitaba atención médica, lo que necesitaba era comprobar la verdad, despejar mis dudas, seguir un camino y continuar siguiéndolo. ¿Qué camino era ese? Dios sabía cuál, yo no.
Como sombra de la madrugada, anduve a escondidas entre las casas, apartándome de las pocas personas noctámbulas. Tardé un poco en llegar a mi casa, sólo para darme cuenta que ésta ya no estaba. Mi tristeza fue tal que creí que me desmayaría ahí mismo, en el duro y fétido suelo. Sólo escombros quedaban, oscuros como la misma noche, trozos sin vida de madera.
Me dejé caer al suelo. Contemplé las ruinas de mi hogar por un momento, con un centenar de lágrimas en mis hinchados ojos. Mi paz la interrumpió una mano en mi hombro, me di la vuelta sólo para ver a alguien que no deseaba ver. Era Fred, pero al mismo tiempo no lo era. Sus ojos eran rojos, profundos, su piel lívida, sus rasgos salvajes, sus dientes amarillos y mellados, y su sonrisa la antagonista de la benevolencia. 
―¡Al fin! ―rugió, contento.
―¿Qué te pasó? ―le pregunté.
―Pronto estaremos vivos de vuelta, hermano. Continuaremos lo que dejamos atrás.
―Fred, ¿de qué hablas? Yo no soy tu hermano.
―Tú no lo eres, me refiero al hombre dentro de ti, tú sólo eres un títere, un ser débil, sin importancia, inferior a nosotros dos.
Me tragué la saliva. Comencé a temblar. Había un ser así dentro de mí, un lunático. 
―Yo… ―por un momento el monstruo dentro de Fred cerró la boca, dejó de parlotear y dejó hablar al mismo Fred―: Yo tengo la culpa Luis, dejé que mi padre hiciera esto… ―su voz era triste, tierna, llena de arrepentimiento, de miedo―. Se han apoderado de nosotros dos, son un par de sinvergüenzas.
Ahora era él, mi amigo, triste, exánime, desahogando lágrimas al por mayor.
―¡Fred! ―dije, ahogándome con mis palabras entre sollozos―. ¿A qué te refieres?, ¿quiénes son?
―Mi padre tiene la culpa ―se sentó en el suelo, como destruido―. Él, desde niño, había soñado con revivir a los muertos ―me paralicé―. Pero no sabía cómo ni mínimamente, por ello le echó mano al estudio de dos antiguos alquimistas, Verdier y Lagrasse. Pero era como una trampa, en realidad no sé, pero estos dos, ya muertos, hicieron que mi padre los reviviera, primero a Verdier, que yace dentro de mí, y éste te obligó a revivir a Lagrasse. Para ello te hizo ir al Mundo de los Muertos, ahí Lagrasse pudo entrar en ti ―suspiró―. Mi padre, así como los tuyos, ha muerto.
Seguí paralizando en mi sitio. No podía creer nada. ¿Alquimistas?, ¿muertos vivientes? 
―Pero ahorita estabas hablando como el otro alquimista, ¿qué pasó?  
―Su energía sigue débil, no me puede controlar bien, no aún. Así como Lagrasse todavía no tiene mayor influencia en tu ser. Pero pronto la tendrán.
―¿Ellos… mataron… a nuestros… padres? ―tartamudeé, con odio encarnado.
Asintió, triste.
―Nos quieren débiles, inútiles, sin amor, para poder tener mayor control en nosotros. Necesitaban el cuerpo de unos niños para lograr su cometido. Mi padre, sin darse mayor cuenta, me usó para el propósito ―lloraba, totalmente lleno de tristeza.
No pensé ni un segundo para expulsar la más lógica de las ideas:
―Saquémoslos.
―No hay forma, ya lo pensé, leí el libro de estos dos, pero no dice nada. Sólo hay una forma, no de sacarlos, sino de destruirlos ―dijo sin mucho ánimo―, el método sería regresar al Mundo de los Muertos y pedírselo a la misma Muerte, a nadie más. Es la única con esa capacidad.
Seguí perplejo. Acababa de entrar a un mundo en donde la fantasía se mezclaba perfectamente con la verdad, una verdad oscura y triste, un infierno terrenal. En ese instante no me importaba nada: estaba solo en el mundo. Bien podría quedarme con ese ser dentro de mi hasta que me destruyera, pero la rabia no me lo permitía, quería acabar con ellos más que ninguna otra cosa.
―¡Hagámoslo! ―dije, animado.
―No es tan fácil amigo, tú y yo estamos maldecidos. La Muerte no trabaja gratis, le debemos entregar algo, pero no es nada material, es una vida, no la nuestra, pero una vida.
―¿De quién? ―dudé.
―No lo sé, eso lo leí en el libro de Verdier y Lagrasse. No sé nada, sólo lo que espié al loco de mi padre. Debí haberlo detenido a tiempo, ¡no lo hice! Él está muerto, y tus padres, y nosotros lo estaremos, sino es que ya se podría decir que lo estamos ―sollozaba entre lágrimas, de verdad él estaba acabado, inmerso en un abismo sin salida.
Ese estado tan depresivo me arrastró hasta sí. Me tambaleé, no había salida: nuestras vidas habían terminado. Yo era un niño, no podía pensar cómo iba a sobrevivir sin nadie a mi lado.
―Pero ―dijo mi amigo, tragándose los mocos―, yo, tú puedes salvarte, para mí es un poco más tarde, el alquimista ya se está apoderando de mí, en pocas horas ya no seré yo, tú aún tienes tiempo; puedes contactar con Muerte y pedírselo, libérate, ha… ―dejó de hablar, parecía como si se estuviera ahogando con alguna comida, o algo en la garganta.
Se apretó el cuello, mecánicamente me alejé un poco, espantado. Su color de piel cambiaba, empalidecía. Cualquiera diría que estaba en la transición hacia la muerte. Era Verdier, se apoderaba de su débil cuerpo. Me alejé un poco más. Entre sus muertas frases oí justamente eso: “aléjate”, me decía, “pide ayuda a Muerte”, repetía. 
Se alejó de mí, corriendo como una sombra, apartándose por la oscuridad proporcionada por los árboles del camino. Desapareció haciendo ruidos de animal moribundo. Temblé de impotencia, de total impotencia. Miré a todos lados, todavía faltaban horas para sentir cálidos y vivos rayos del sol. 
Me alejé de la zona más oscura y me interné en las lejanías. Un pensamiento me orilló a dirigirme hasta el cementerio: si deseaba contactarme con Muerte, ese sería un lugar perfecto para hacerlo. Mi inseguridad, el si hacerlo o no, me atascaban, impidiendo mi andar. 
Lo decidí sin más consulta. Corrí hasta el cementerio. Mientras andaba sentía cómo la oscuridad aumentaba, el cielo mismo se nublaba, pronto llovería, no saldría el sol este día. Subí la corta ladera, anduve por el camino marcado en el pálido suelo, troté hasta llegar al árbol gigantesco donde permanecía la lápida. Todo para darme cuenta: no tenía idea de cómo llamar a Muerte. A Lagrasse esto le causó gracia, pude escuchar miles de sus risas, como ecos o susurros por todo el mundo, se reía con total regocijo, sus planes iban a flote.
―Chiquillo imbécil ―me decía, y escuchaba sus bisbiseos por todas partes, propagándose una y otra vez― no tienes idea, no puedes jugar con la muerte. Nunca podrás contactarte con ese ser, para hacerlo deber ir hasta con él, de otra manera nunca llegará.
El imbécil había sido él: me dio la clave del cómo hacerlo, tenía que ir con Muerte. Para ver a Muerte sólo hace falta morir, o, sin recibir consecuencias, llegar hasta un punto en donde no se está ni muerto ni vivo. Lo intentaría, de alguna manera moriría sin morir, pero ¿cómo?
Lagrasse seguía riendo, ufano.
―Idiota, eso es casi imposible, mi hermano y yo morimos intentándolo todo, ¡todo! Al fin supimos cómo hacerlo, pero obvio no te diré. 
Me tenté la cabeza, ésta me daba vueltas y me dolía. Vomité de lo mareado que estaba, sólo agua era aquella masa asquerosa.
―No me importa, yo ya estoy muerto ―dije, en ese momento no me importaba mucho seguir vivo, sin mis padres, sin mi amigo, y pronto mi cuerpo sería usado por un muerto―. Si acabo conmigo, tú te irás.
Guardó silencio, no habló más. Él temía.
 Lagrasse volvería al Mundo de los Muertos si yo lo hacía. 
Busqué la manera de ir hasta allá, de suicidarme, se podría decir. Algo que me condujera paulatinamente  hasta ese inmundo abismo. No lo pensé mucho, tendría que ser como la primera vez, desangrándome. Busqué en el descuidado suelo a un lado del camino, encontré varios vidrios, sucios, perfectos. Tomé el más afiliado. Con miedo y duda, tiritando, lo clavé donde tenía la herida anterior, un poco más arriba de la palma de la mano, en el brazo. El dolor fue insoportable; no pude estar de pié por mucho una vez la sangre brotó sin piedad. Me acerqué al árbol, a su cobijo oscuro, ahí me dejé caer, llorando de dolor. 
Mi mundo desapareció, enterrando mi ser en sombras grisáceas, donde habitan espíritus plateados. Estaba de vuelta en ese Mundo, pero no veía a ningún Señor. Quien estaba enfrente de mí era una mujer, hermosa, blanca, con labios de sangre, ojos profundos, cabello tan oscuro como su propio mundo. Enjaezada con un vestido negro, bellísimo. Me miró, no dijo nada, sólo asintió.
―¿Quién eres? ―le pregunté.
―Muerte ―dijo con una voz propia de un ser poderoso, morador de las sombras―, ¿por qué tienes dos almas? ―me interrogó, señalando a un lado mío.
Lagrasse estaba viendo todo con ojos de rata. No había recaído en su presencia hasta ese momento.
―Esto no está permitido en ninguna de mis leyes ―levantó la mano y Lagrasse quedó atrapado por unas cuerdas invisibles, a metros del oscuro suelo, sin la posibilidad de hablar―. No soy estúpida, puedo ver qué clase de humano eres, has estado aquí antes, igual que tú ―me dijo a mí―. Y siguen vivos, eso no lo pudo permitir.
―Así que moriré ―dije tristemente.
―Todavía sigues con vida. En este momento los humanos de tu Mundo te están reviviendo, no llegarás al Lago, no serás juzgado, y quizá regreses a la normalidad. Aún no es tu hora ―dijo esto con otra voz, más sabia, conforme, tratando de hacerme sentir bien, lo cual me alegró―. Pero él no regresará, él ya no pertenece al mundo de los vivos, de ninguna manera.
―Él es la razón por la que estoy aquí. Se apoderó de mi cuerpo humano, tratando de arrebatármelo a la fuerza, he venido aquí para pedir su ayuda ―dejé de lado mi miedo, necesitaba hablar directamente con Muerte, ser claro.
―Yo siempre pido un favor a cambio de otro, siempre que esté en mis posibilidades, esta vez lo está. Regresarás a la vida, te queda poco tiempo acá, si eso sucede él estará a tu lado y reinará tu cuerpo, pero puedo dejarte en este mundo hasta deshacerme de él, luego regresarás, ¿de acuerdo?
―¿Qué me pedirá a cambio? ―dudé, no miraba alguna expresión en la mujer que me ayudara a adivinar sus pensamientos.
―Ahora no importa. Revivirás, pero créeme, este monstruo causará mucho daño a los tuyos, y tú igual serás su esclavo, decide ahora.
No pensé, ¿qué demonios iba a pensar? Mi temor me obligó a hacer lo que hice. 
Asentí.

No viví solo, fui adoptado por una familia igual de buena. Extrañaba como un loco a mis padres biológicos, pero no podía hacer nada, ellos no volverían, sólo los vería al morir, y lo sabía. A Fred jamás lo volví a ver hasta ese día, cuando yo era adulto. 
Mi vida fue normal. Trabajé como arquitecto, me encanta ese trabajo, no lo dejaría por nada. Creí amar a mi mujer, pero lo nuestro duró siete años, casi ocho; ella me engañó con otro hombre, bueno, no lo llamaría engaño, simplemente a él lo amaba y a mi no. El pequeño Hugo vivía conmigo, no quería a su madre por separarse de mí, sólo a veces la miraba, yo trataba de explicarle, pero no había forma. Ella se fue lejos del pueblo, yo, desde aquí, creaba los proyectos arquitectónicos y luego los llevaba a las ciudades, algo me impedía salir de aquí. Fue un error no hacerlo a tiempo.
Ese día acosté a Hugo temprano, al día siguiente debería ir a la escuela. Apagué la luz, le di un último beso en su frente, salí a mi iluminado estudio, cogí lápiz y comencé a trazar líneas. 
Veinte minutos más tarde escuché su grito, desgarrador, lleno de dolor; luego un silencio de ultratumba. Corrí escaleras arriba, como alma que lleva el diablo. Al abrir la puerta un hedor a muerto estancó mis sentidos. Un monstruo estaba sobre mi niño. Era él, Fred, o eso creí, en realidad era Verdier, blanco, lleno de sangre, ataviado como vagabundo, sucio, hediondo.
―Maldito ―dije, con un nuevo miedo.
―¡Sangre! ―dijo―. ¡Sangre y venganza! Me he convertido en esto, por tu culpa, no estoy vivo, no estoy muerto… 
Yo estaba paralizado, nunca creí volverlo a ver. Estaba allí, recordando un pasado que deseaba olvidar. Era el símbolo de maldad, un monstruo. Despejé mi vista de la aparición para ver a mi niño, en su cuello tenía una mordedura enorme, de donde sangraba. Me tambaleé, busqué algo; al retornar mi vista el ser se había ido, esfumado completamente sin dejar un mínimo rastro. 
No supe qué hacer, como cuando era niño. Volví a ser un bebé indefenso, a temer, a ser débil. Me arrojé sobre mi niño, con ojos llenos de lágrimas. El hedor del muerto en vida había impregnado a mi Hugo. Todo estaba perdido para mí, me había quedado solo nuevamente, el pasado, como una ola en el profundo mar, llego y me cubrió. 
Desde ese momento sólo he tenido un objetivo, no por mi bien, no por mi propia venganza, aunque bien se pueden acoplar a la perfección. 
Tomé el periódico. Vi otra vez una noticia similar a la de hace días, la misma que era igual a la de hacía varios días: un niño había muerto atacado por un ser desconocido, quizá un perro o un lobo, pero, lo curioso, era que atacaban dentro de los hogares; los niños amanecían con una mordida en el cuello, una herida mortal. El olor dejado por el animal era pútrido, como el de un cadáver.
En mi escritorio de madera descansaban todos los volúmenes de los hermanos alquimistas, había leído cada página por curiosidad. Era increíble cómo habían abierto esa puerta, ellos habían hecho mucho, sin embargo mi verdadero objetivo era crear una trampa para Verdier. No me costaría mucho encontrarlo, él llegaría hasta mí. Yo lo devolvería al oscuro mundo, al Mundo de los Muertos, a donde pertenecía desde hacía mucho. 
Dejé de pensar en ello. Me cambié: me puse mi antiguo traje oscuro, no me gustaba, era muy formal e incómodo. Tomé mi coche y conduje directo al cementerio, donde le daría el último adiós a mi niño. Me estacioné lejos del camino principal, por donde no podían pasar los autos. 
Caminé. Recorrí como viacrucis aquél sitio, pasando por la tumba de Lagrasse bajo el fornido árbol.
 Aún no llegaba nadie. Las puertas metálicas estaban cerradas con cadena y candado, iba a tomar mi móvil para llamar,  preguntar a la funeraria o al encargado del lugar. 
Una luz, sobre el monte, como el reflejo del sol en un espejo, me distrajo, volteé. Arriba, donde estaba la puerta al Mundo de los Muertos abierta por los alquimistas, pude ver a una mujer bella, vestida de negro, de piel blanca, de expresión nula. Acariciaba los oscuros cabellos de mi Hugo, él saludaba con una sonrisa encantadora. Los miraba, a la Muerte y a mi pequeño, como un sueño, como un espejismo. Las lágrimas de mis ojos brotaron automáticamente, me tambaleé y le mandé un beso a mi niño, él me regresó uno junto a una sonrisa centellante, espléndida. Luego la Muerte le dijo algo, y los dos me dijeron adiós, y se fueron a aquel mundo, la puerta se cerró tras ellos.
―¿Luis? ―una voz me llamó desde el otro lado, era mi madre, mi nueva madre, mi querida Andrea―. ¿Estás bien? ―ella pudo ver mi estado.
Dejé de verla un segundo para ver la puerta, ya no había más que árboles y maleza abrumadora.
Habían sido segundos, hermosos segundo, que atesoro hasta el momento.
―Sí madre, muy bien, triste naturalmente.
―Mi pobre niño…
La abracé, desahogándome en su hombro, como sabía que lo podía hacer siempre. Ella me acarició tiernamente, como su pequeño niño de doce años.

Hasta este día sigo buscando, lo encontraré y lo acabaré, así mi amigo tendrá paz al fin. Así Verdier se pudrirá en el Infierno a un lado de su hermano. 


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